12-07-15

C__Users_usuario_Documents_Dibujo1 Model (1)Cámara fantasma

Salimos del fundido a negro y una puerta permanece cerrada frente a nosotros a los pies del cemento de una acera anónima. Los pájaros pían en lo que parece una cálida mañana de primavera y los transeúntes cruzan perpendiculares sin mayor importancia para nosotros.

La madera se hunde en un oscilar hacia el interior de la fachada y por el hueco restante asoma una bota, un chico desenfadado le sigue.

Volamos en trazo firme hasta situar nuestra perspectiva sobre el hombro derecho del espigado muchacho y su melena rubia de vez en cuando vuela con el viento para bloquear nuestra visión del tramo de ciudad por el que él avanza.

Apoyarnos sobre su cuerpo implica que botamos con sus pulsiones y nuestro mundo se vuelve vivo y enérgico, latente y confuso, pero en un bonito plano secuencia nos vemos libres de nuestros anclaje estático, libres para admirar la riqueza del mundo que espera frente a sus pies siempre en movimiento.

Gente atareada rehúye nuestra mirada, no entienden de encuadres, o quieren parecer altivos quizás. Se pierden por los márgenes de nuestro campo visual y no nos son relevantes porque sin un nombre, sin un propósito, para nosotros sólo son figurantes. No les interesa la película que vendemos.

Conversaciones que, descontextualizadas, resultan difusas e inconexas, vuelan como saetas junto a nosotros conforme superamos a grupos de gente parada, formando un mosaico de azulejos rotos. Otros peatones sueltan monólogos a sus teléfonos móviles y una anciana se inclina para decir algo a su perro.

El chico esquiva todas estas subclases con agilidad sin perder ritmo o rumbo a través de la urbe. Sus manos pugnan con un cable blanco y en poco tiempo desenreda el nudo. Se lleva dos auriculares a sus orejas. Parece que vamos a tener banda sonora en nuestro viaje.

Tango with Lions, nos perdemos en una contradicción de ritmos pausados frente a largas y enérgicas zancadas que atraviesan una tras otra todas las líneas de meta que son los rayos de sol en la primera mañana del día.

Dos coches colisionan en un accidente cotidiano de chapa y pintura. Nosotros ya estamos cruzando el paso de cebra cuando los conductores enzarzan sus gritos mudos en discusión sorda que tapa la música que nos acompaña.

Pocos portales más adelante reduce su velocidad a un pasear despreocupado mientras aparentemente los escaparates empiezan a ser cada vez más atractivos para él. Lo que antes era un pasear se ha convertido en una detención y nuestra vista queda fijada en una alfombra de cómics que se exponen tras un cristal.

La canción termina y el aliento le falta a nuestro vehículo humano cuando decide entrar en la tienda así que migramos como oscuras golondrinas hacia climas mejores y lugares más apacibles.

Hemos encontrado una sombra agradable, evitando los rayos del sol, asentados sobre un muro, protegidos por los árboles de un céntrico parque. Hay juegos y carreras a nuestro alrededor, risas y gritos, pero esta vez, concentramos la atención en una madre, que en la distancia, llama a su hija. Los sonidos no llegan a nuestra posición, lejana con relación a ella, pero los gestos no dejan lugar a la duda y finalmente logran atraer a la pequeña.

Parece que se ha manchado con la tierra en uno de sus juegos el vestido blanco que tanto habrá costado a la madre mantener limpio hasta entonces. La regañina no tarda en empezar, a juzgar por los llantos que esta vez sí, llegan hasta nosotros, de mera potencia con la que se producen.

Una superficie gris, metálica pero pulida hasta un punto casi mate, pasa frente a nosotros, impidiendo que veamos nada distinto al volumen y matices del objeto en ascensión. Situada a pocos centímetros de nosotros queda enmarcada la maternal escena entre los grises intrusos del objeto que nos atrevemos a clasificar como un revólver.

El anillo metálico a través del que miramos ahora, más parece una boca y el gatillo que pende de su techo, es su campanilla. Un dedo de uña sucia y mellada y varios padrastros, que podemos observar como a través de un microscopio, se aproxima lentamente a ella y la oprime, provocando el temblor y espasmo que lleva a la arcada cuando el recorrido angular se completa dentro de la guardamonte.

Se vomita una bala desde el cañón y nosotros seguimos a ésta, en vertiginosas espirales que hacen añicos los trazos de vida en las paredes, cortadas por el viento, del efecto túnel provocado. Vamos a rebufo de la muerte dejando atrás la pólvora culpable convertida en nube negra.

Perdemos de vista el objeto cuando penetra en la tela y la carne. Es una penetración recogida, minimalista, sin grandes alardes. Cae la figura, deja libre nuestro campo visual y aún no hemos podido ver una sola gota de sangre. Buscamos el premio morboso bajando la vista y algo nos impulsa repelidos, perpendiculares al suelo, hacia las nubes que dominan sus alturas impasibles, viendo alejarse la cara congelada y su cuerpo yaciente.

El aire se escapa de los pulmones, nosotros subimos, la gente corre carreras que nos parecen arbitrarias hasta abandonar los márgenes del espacio verde. La vida, en todos los sentidos abandona el parque. Sólo las hierbas y los árboles sin voluntad de movimiento acompañan lo que ya es un cadáver cuando nuestra vista alcanza los horizontes de la ciudad que ignora.

La velocidad de ascenso es tal que a cada parpadeo obtenemos la instantánea del plano que jamás volverá. Cuando los ojos se abren de nuevo, estamos mucho más lejos del mundo que en el instante anterior.

Un reflejo irrumpe por nuestra izquierda y el gran astro peinando los cabellos azules de planeta nos sobrecoge. Le sigue la cortina negra punteada por estrellas y nebulosas.

Ya no volamos, ya no hay más tango con leones, ya no hay ruidos, ya no hay muerte. Donde nunca antes ha habido vida, no vamos ni venimos, solo flotamos, solo vemos, solo capturamos imágenes. Como una cámara, como una cámara fantasma.

05-07

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ahí afuera

Dicen que ahí afuera, en la calle, la gente quema contenedores. Hay gente que siendo más civilizada, maneja cifras y da consejos. Gente aún más civilizada, sustituye los interminables números por listas de nombres en las que es probable que yo ya me haya perdido hace mucho tiempo.

No sé si yo soy el más civilizado de todos, pero habiendo pasado ya por demasiadas cosas, habiendo saboreado el óxido y la herrumbre de la ilusión mojada, me estoy preparando un café.

Mi viejo perro Bosco, me vigila, en plano contrapicado de cejas, sin esperar sorpresas por mi parte. Un día echamos un pulso, sus patas contra mi corazón, y quedamos en tablas de cansancio. Desde entonces en esta casa se vive con otro ritmo. Mi perro se lame el orto en su manta mientras tú gritas revolución en la calle.

Puede que sea el más listo de los dos, de los tres si te incluyo a ti, señor revolucionario, pero tampoco puedo pretender ser un perro, aunque pueda llegar a suponer un ascenso.

Un hombre que busca dejar de ser un hombre para convertirse en animal, es un hombre que no ha entendido la vida. Tampoco se puede decir que la vida se haya molestado en entenderme últimamente.

Me quedo con la improbable frase bastarda que en una noche de desenfreno pudiesen haber fecundado Wilde y Nietzsche. “Vida, existes para ser amada, nunca entendida”. Quien quiera ser animal, suspende el examen y yo en mi caso particular, presento y suspendo el examen a una vez.

Hubo épocas, sin embargo, en las que sacaba matrículas en este absurdo. Épocas en las que sin pretenderlo, era más animal que persona. Épocas en las que solíamos gritar.

Cuando se nos compara con los animales; o se destaca en nosotros la agresividad, las fauces hambrientas buscando sangre u otros fluidos y los golpes en el pecho; o se nos asimila con la bondad y la quietud de alma y espíritu de los buenos seres de la naturaleza.

Puestos a hablar de gente que no entiende la vida, también hay gente que no entiende al animal.

Ser un animal es perderse en la falta de consciencia, en la desconexión con los colores de tu bandera, en el me importa un pepino lo qué gritamos y el por qué algunos nos lo quieren prohibir. La falta de consciencia de la marca de tu ropa, de tus influencias musicales y de tus libros leídos, todos esos en los que yo me puedo mear.

Me convertí en una persona vírica por momentos, tuve que soportar la infección de oído que provocaban las palabras de otras, las depresiones, la frustración, y a veces el éxito, en la carrera del saltar vallas en que algunas mentes cerradas han convertido la vida.

Unos sobrevivían, otros fracasaban, algunos caían y pocos triunfaban. Aún hoy cuando unos están muertos, otros en la droga, algunos nos refugiamos en nuestros pequeñas guaridas y pocos viven en palacios, no se decir muy bien quién es quién en la foto finish.

Los engaños de otros, de uno mismo, a otros y a unos. Las argucias, las trampas, los fines que justifican medios, lo superficial, lo interior que a veces es peor que el envoltorio. Todo eso se va mientras ponemos azúcar en la taza y nada importa nada. No obstante, en su día nos bebimos los tragos amargos sin rechistar.

Tengo apilados tinteros vacíos, los collages hechos con cartuchos acabados. Los libros de antiguo que tanto nos gustó coleccionar se apilan y ya no huelen a jazz. Huelen a humedad y han perdido su color nostalgia. Los cuadernos con anotaciones parecen más de Diógenes que míos y yo me distancio de ellos con cada pequeño gesto de indiferencia.

Recuerdo tu cámara, recuerdo la bufanda que me ponía incluso en días de calor. Recuerdo tus historias, las mías y nuestra feliz mediocridad.

Recuerdo cuánto nos importaba el fuego de Grecia y las políticas de enanos. Las letras de los cantautores que en realidad no decían nada rondaban por la habitación. Eran letras insulsas que no decían nada, pero no sabes lo bonita que estabas cuando las escuchabas a mi lado.

Deseché tu poncho de abuela recién comprado cuando te vi con él puesto la primera vez y lo adoré la segunda. Cómo disfruté siendo un hipócrita a tu lado. A veces me sentía inteligente y mordaz y muchas otras un simple charlatán pero, incluso entonces, tú me hacías sentir especial, estando a mi lado, guiando mi frustración y enseñándome que entre todos los charlatanes del mundo yo era el único que merecía redención.

Cómo me gustó cagarla tanto en esos días de derroche de esfuerzos y de discusiones por el peso de las nubes y las patas de los peces. Nunca pensé que no saber pensar pudiese traer tantas recompensas a una persona. La ignorancia era la felicidad y yo siendo su rey tenía total potestad sobre sus mieles, caminando del lado de mi reina.

Noches en que me fumaba paquetes enteros de tabaco sin preocupaciones y corría carreras entre calles sin resuello. Las borracheras sin resaca y las risas con desconocidos porque todos éramos miembros de la hermandad del inconsciente colectivo y del “te voy a invitar a una caña aunque no te conozco” eran diarias.

Echo de menos ser un animal y a la vez me alegro de no serlo, porque no serlo me convierte en algo capaz de recordar, para poder mantenerte viva y de esta manera mantenerme vivo a mí mismo.

Tu sonrisa preside mis despertares y modera mis reposos.

Sigo prefiriendo nuestras noches de viernes. Noches como esta en que tengo ya caliente el café, también el boli dispuesto en la mesa sobre la página 34 abierta de la revista de pasatiempos.

Esta noche en la que, creyendo saber muchas cosas me he vuelto a dar cuenta de que no sé nada, te reto a que resuelvas tu crucigrama antes que yo el mío.

Dime “te he ganado” al oído una vez más.